Hazme, hazme eterno.
Como las palabras que quedan escritas en papel y en recuerdo.
Aquellas que pasan
de boca en boca, viajando sin peaje y desgastando suspiros
involuntarios.
Palabras necesarias
que arrancan pasiones si se pronuncian con la voz adecuada, y que
difícilmente se quedan a medias.
Hazme, hazme grande.
De forma que pueda pisar fuerte la inestabilidad del mundo.
Que no tenga que dar
explicaciones ni a mi ni a nadie. Sobretodo a mi.
Tan grande que
pequeños sean los que me miren, que sientan lo que es hablar desde
abajo y bailen sobre mi larga sombra.
Hazme, hazme tuyo.
En noches y mañanas, en febreros de veintiocho y treinta días, en
veranos de frío e inviernos de tirante, en lugares lejanos donde las
ganas nos hagan verlos cerca. Donde sea, cuando sea y como sea.
No me dibujes el
limite, que otros ya han adquirido la costumbre de hacerlo a pulso y
sin doblarse.
Tu hazme, hazme
entero. Que yo ya me encargo de hacerte.


