Caímos tan bajo que
la oscuridad se nos hizo cielo.
Por un instante nos
perdimos, la luz se apagó ante nosotros,
y todo dejó de
girar a la espera de un encuentro.
Como ilusos nos
dejamos, esperando que el otro frenara nuestro impulso de correr.
Pero no corrimos,
caímos más y más hasta toparnos con la soledad del suelo.
Aquellas palabras
que nunca dijimos nos hicieron de contrapeso, mientras que el miedo
hizo el resto.
Caímos tan bajo que
nuestro silencio bailaba junto al eco, sin querer se hicieron amigos.
Nuestras miradas
intentaban observarse, pero tu falta de luz las cegaba sin remedio.
Por mucho que te
buscaba solo me topaba con rocas que impedían mi paso a gatas hasta
tu encuentro, y cada vez que las escalaba y mis ganas de rozarte
ascendían, solo llegaba a tocar el techo.
Caer, solo hacíamos
caer. Perdimos la noción del tiempo.
Las horas fueron segundos y los
segundos días de desencuentro, en los que tu
silencio y el mio hablaban en susurros y se preguntaban de que manera
habíamos llegado tan lejos.
Siempre lo supimos y
nunca lo evitamos.
Y al final caímos, caímos tan bajo que sin
querer nos perdimos.

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